| Sexo con seso |
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"El mayor y más potente órgano sexual no está entre las piernas de hombres y mujeres, sino detrás de las orejas”, ha dicho John Money, neuro-endocrinólogo de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore (EEUU). Indudablemente penes y clítoris quedarían sumidos en un soporífero letargo de no ser porque de vez en cuando son agitados por estímulos hormonales y mensajes eléctricos elaborados en el sistema nervioso central.
Por ejemplo, una descarga de feniletilamina cerebral puede llevar a la lujuria, mientras que la secreción de oxitocina refuerza los lazos emocionales que propician la monogamia; y el orgasmo se puede resumir en una secuencia de sacudidas electrizantes. No se equivoca Irwin Goldstein, urólogo de la Universidad de Boston, al afirmar que “el cerebro es el órgano sexual más importante”.
Lejos de tener mente propia, como aseveró Leonardo da Vinci hace 500 años, el pene –y también el clítoris– está sujeto a la dictadura de nuestro encéfalo. Éste rige la conducta erótica del ser humano, desde los impulsos primitivos hasta las sensaciones libidinosas más elaboradas. “El animal humano, al igual que los demás primates, se reproduce sexualmente y, por lo tanto, gran parte de las estrategias encaminadas a la reproducción estarán orientadas a la identificación de los sexos, la obtención de pareja y la inducción a la cópula”, escribe el etólogo Enric Alonso de Medina, profesor de la Universidad de Barcelona, en su libro El animal humano. El control del instinto sexual reside en el sistema límbico, la sede de las emociones. Pero junto a esta especie de “cerebro de mamífero primitivo”, como lo define el neurólogo Paul McLean, del Laboratorio de Evolución del Cerebro y el Comportamiento, en Poolesville (Maryland), opera otro cerebro de reciente aparición en términos evolutivos. Se trata del neocórtex, una hoja de tejido doblada, de unos 3 milímetros de espesor, que en el ser humano se ha desarrollado a modo de casquete pensante que arropa el resto de la materia gris.
“Las personas menos inteligentes sexualmente sufren mucho dolor y confusión en su vida sexual”, afirman Conrad y Milburn. Pero los zotes eróticos no lo tienen todo perdido. La sabiduría sexual es una facultad que se puede medir, cuantificar y sobre todo potenciar. Para esta pareja de psicólogos, los superdotados sexuales afrontan la relación de pareja de una manera especialmente distinta al resto de la gente que se traduce en una mayor felicidad erótica y una menor incidencia de disfunciones sexuales. “Ser sexualmente inteligentes –y tener una vida sexual mejor– no depende de la suerte, de la belleza o del sex appeal innato. Depende de habilidades que las personas pueden adquirir, desarrollar y dominar con el tiempo. Por consiguiente, la inteligencia sexual es algo a lo que todo el mundo puede aspirar razonablemente y trabajar para conseguir”, dicen estos expertos. “El primate humano –asevera el profesor Alonso de Medina– ha ido evolucionando morfológicamente y fisiológicamente, hasta convertirse en un animal eminentemente sexual.” Gran parte de nuestra existencia está orientada directa o indirectamente al sexo. Pero, paradójicamente, no todo el mundo consigue una estabilidad emocional en su vida sexual. “Muchísimas personas inteligentes conviven con pasiones que conducen al desastre o con una vida sexual frustrante e insatisfactoria o inexistente”, comentan Conrad y Milburn. Los datos que se desprenden de su proyecto de investigación les avalan. Ambos han estudiado las apetencias sexuales de 500 personas, desde- adolescentes hasta jubilados, mediante un test de elaboración propia que permite concretar el coeficiente sexual y de paso desvelar hasta qué punto una persona está contenta con su vida en la alcoba. Los psicólogos han podido conocer que aproximadamente el 75 por 100 de los estadounidenses confiesa que el sexo es importante o esencial para su vida pero, al mismo tiempo, la mitad dice que constituye la causa de su estrés y el 75 por 100 está preocupado porque no tienen relaciones eróticas con más frecuencia. Encuestas realizadas en nuestro país no arrojan datos más esperanzadores. Conrad y Milburn se muestran alarmados por el elevado número de participantes que manifestó sufrir algún tipo de insatisfacción erótica: por ejemplo, el 42 por 100 mostró una falta de deseo libidinoso, el 57 por 100 declaró no poder tener un orgasmo y casi un tercio confesó que a veces no encuentra placentero el sexo. En contra de lo que cabría esperar, las disfunciones sexuales no sólo aparecen en personas mayores y parejas que llevan 20 años o más de convivencia. La juventud también es presa de la insatisfacción: para la mitad de las mujeres de entre 18 y 29 años, el coito resulta físicamente doloroso; el 33 por 100 de los hombres de la misma edad confesó tener problemas para lograr y mantener la erección; algo más de la mitad era eyaculador precoz. Todo parece indicar que la revolución sexual que conmocionó la sociedad en los años sesenta y setenta del siglo XX no zanjó por completo la cuestión de la represión e ignorancia erótica heredadas de épocas anteriores y, como asegura la pareja de psicólogos de Boston, “nuestros adolescentes, que son bombardeados desde edad temprana por imágenes de sexo en los medios de comunicación, no son sexualmente más sofisticados que sus padres”. [Continúa leyendo en la siguiente página >>]
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